Señores Académicos, ¡que hay que actualizar el diccionario de la R.A.E.!
En estos días, cada vez con mayor osadía, se escucha la palabra fascista proferida a modo de acusación contra aquellos que pretenden exponer sus ideas (Dolors Nadal en Barcelona, María San Gil en Santiago de Compostela y Rosa Diez en Madrid). Sin embargo, cada vez que la he escuchado me he dicho: tengo que mirar el diccionario, porque algo se me está escapando.
Para mi el término fascista, siempre ha tenido algo que ver con un régimen autoritario y represivo.
En efecto, según el Diccionario de la RAE, Fascista: 1. Perteneciente o relativo al fascismo. 2. Partidario de esta doctrina o movimiento social. 3. Excesivamente autoritario.
Y si lo unimos a los conceptos: universitario, represión, exponer ideas,... no puedo evitar que me venga a la mente cualquier escena de mi época universitaria, por ejemplo una asamblea convocada a principios del curso 75-76. Aún vivía Franco, y acababan se ser ejecutados 5 militantes del FRAP. El motivo de la asamblea era acordar la celebración de una manifestación en contra de la pena de muerte. Pero apenas se habían cerrado las puertas del aula, unos compañeros entraron gritando “Los grises, que vienen los grises” En mi recuerdo aun los veo entrar por los pasillos de la facultad con caballos y todo, cosa que probablemente sea una exageración de los muchos años que han pasado, pero lo que si que es cierto es que repartían ostias a diestro y siniestro mientras gritaban “disolverse”. Y si te detenían, lo mejor que podía pasarte es que te tuviesen 3 días incomunicado y sin darte más explicaciones, y lo peor, que te torturasen para que dieses nombres de otros que pensasen como tu, o sea contrarios al régimen.
Si, las cosas estaban más claras. El represor llevaba uniforme, porra y pistola, y si pretendías reunirte con los colegas para exponer algún tipo de idea política, te ostiaban. Pero todos sabíamos quienes eran los fascistas. Eran ellos. Estaba claro como el agua, los fascistas eran los que empleaban la fuerza para impedir que manifestases tus opiniones.
Ahora no. Ahora los fascistas son los que tienen que encerrarse en las aulas para evitar que los estudiantes les peguen por manifestar sus ideas. ¡Qué no os enteráis señores académicos!
Propongo por tanto cambiar la entrada del Diccionario de la RAE, por:
Fascista: 1. Perteneciente o relativo al nacionalismo. 2. Partidario de esta doctrina o movimiento social. 3. Excesivamente autoritario.
martes 4 de marzo de 2008
jueves 21 de febrero de 2008
Un futuro halagüeño
Hace cuatro años empecé a escribir una novela de ciencia ficción ambientada a finales del siglo veintiuno. Mi intención era sacar a la palestra un tema del que por entonces nadie hablaba: el cambio climático. Y pretendía hacerlo en forma de novela, contando la historia de una forma dinámica y entretenida, para que nadie muriese de aburrimiento y abandonase la lectura. Mi intención era llegar a la gente, hacer que tomasen conciencia de un problema que por aquel entonces aún no era nada popular. Pero también quería que se tratase de una visión realista de cómo iba a ser el mundo de los ochenta y noventa del siglo veintiuno. Por eso dediqué algún tiempo a documentarme a la vez que comencé a escribir. La historia de mi heroína empezó a dibujarse en el papel, los acontecimientos se sucedían los unos a los otros y los personajes comenzaron a hacer cosas, pero por alguna extraña razón aquello no llegaba a cobrar vida. Además, no me enganchaba, no sentía ese placer interno que uno siente cuando los dedos se deslizan sobre el teclado y las historias fluyen casi solas. Cambié el orden de los acontecimientos, empecé por el final y luego volví al principio, hasta probé con Prozac, pero al cabo de un cierto número de meses fui dejando la idea, aunque no el Prozac. He intentado varias veces reintentarlo, pero en cada ocasión he sentido como un pesado manto gris pardo se me echaba encima. La historia también parece parda, como el barro seco, y se niega a ser contada.Entre tanto vino “El día de mañana”, y por fin “Una verdad incómoda” El año 2007 se convirtió en el año en el que el cambio climático entro en nuestras vidas, o al menos en nuestras televisiones, pero llegó el 2008 y los coches son ya ecológicos y los noticiarios incluyen un apartado de solidaridad con el medioambiente.

Tenemos un problema, nos dicen, pero de alguna manera, confundido con esa noticia también nos llega un mensaje balsámico: ya hay acuerdo, vamos a reducir las emisiones de CO2.
Pero a mi, no se, me sabe a poco. Creo que no nos podemos dar por satisfechos con reducir las emisiones de CO2. Creo que nos enfrentamos a algo un poco más complejo que el calentamiento global, que por si s
ólo ya sería como para poner los pelos de punta. Pero también se están terminando las fuentes de energía, luego está el problema nada baladí de la desrtificación, la falta de agua potable, la superpoblación, la contaminación del mar,.... A mi modesto entender, este planeta no es capaz de soportar la presión a la que nuestra forma de vida le está sometiendo, por lo que, o cambiamos radicalmente el modelo socioeconómico, de lo cual no creo que seamos capaces, o... aún tendré que escribir mi novela.
Pero como no me siento con fuerzas yo sola, por eso he hecho un blog, para compartir mis miedos y depresiones, y para ver si alguien tiene un parecer algo más halagüeño.
Pero a mi, no se, me sabe a poco. Creo que no nos podemos dar por satisfechos con reducir las emisiones de CO2. Creo que nos enfrentamos a algo un poco más complejo que el calentamiento global, que por si s
ólo ya sería como para poner los pelos de punta. Pero también se están terminando las fuentes de energía, luego está el problema nada baladí de la desrtificación, la falta de agua potable, la superpoblación, la contaminación del mar,.... A mi modesto entender, este planeta no es capaz de soportar la presión a la que nuestra forma de vida le está sometiendo, por lo que, o cambiamos radicalmente el modelo socioeconómico, de lo cual no creo que seamos capaces, o... aún tendré que escribir mi novela.Pero como no me siento con fuerzas yo sola, por eso he hecho un blog, para compartir mis miedos y depresiones, y para ver si alguien tiene un parecer algo más halagüeño.
Etiquetas:
Cambio climatico,
ciencia ficción
miércoles 6 de febrero de 2008
Primum, non nocere
Portada
Hygeia, Diosa de la Salud
Gustav Klimt

En la mitología griega, Hygeia es la diosa de la medicina. Hija de Asclepio, hermana de Panacea.
Es, entre otros a ella a quien se invoca en el juramento Hipocrático
Resumen
Primum, non nocere (Hipócrates, 460 a377 a.C.), principal precepto del juramento hipocrático, sienta las bases del comportamiento médico, y protege al enfermo contra las actuaciones poco éticas.
Afortunadamente, la conciencia individual de las buenas personas, que son la mayoría, mantiene su conducta dentro de los límites de este principio, y hace innecesario que se les recuerden las obligaciones adquiridas con su condición de médico. Pero sucede a veces que este principio es transgredido a favor de intereses personales inconfesables, debido a conductas poco responsables o, lo que es peor, en beneficio de los objetivos de una empresa.
Esta es una de esas historias que nunca debieran ocurrir, pero que, muy a pesar de Hipócrates, saltan de vez en cuando a las primeras páginas de los periódicos y salpican de desconfianza a todos los que trabajamos por la salud.
Industria farmacéutica, investigación clínica, acción, suspense, y por qué no, amor y celos, se combinan en una historia trepidante que, en tan solo siete días, cambiará la vida de sus protagonistas.
Julia, monitora de ensayos clínicos, trabaja para una importante multinacional farmacéutica. Jaime, investigador privado, acaba de instalarse por su cuenta. Pero, tirando del hilo que a cada uno de ellos les ha tocado seguir, ambos terminan por cruzarse en Barcelona, donde sus historias se enredan formando una macabra madeja que tendrán que deshacer.
Hygeia, Diosa de la Salud
Gustav Klimt

En la mitología griega, Hygeia es la diosa de la medicina. Hija de Asclepio, hermana de Panacea.
Es, entre otros a ella a quien se invoca en el juramento Hipocrático
Resumen
Primum, non nocere (Hipócrates, 460 a377 a.C.), principal precepto del juramento hipocrático, sienta las bases del comportamiento médico, y protege al enfermo contra las actuaciones poco éticas.
Afortunadamente, la conciencia individual de las buenas personas, que son la mayoría, mantiene su conducta dentro de los límites de este principio, y hace innecesario que se les recuerden las obligaciones adquiridas con su condición de médico. Pero sucede a veces que este principio es transgredido a favor de intereses personales inconfesables, debido a conductas poco responsables o, lo que es peor, en beneficio de los objetivos de una empresa.
Esta es una de esas historias que nunca debieran ocurrir, pero que, muy a pesar de Hipócrates, saltan de vez en cuando a las primeras páginas de los periódicos y salpican de desconfianza a todos los que trabajamos por la salud.
Industria farmacéutica, investigación clínica, acción, suspense, y por qué no, amor y celos, se combinan en una historia trepidante que, en tan solo siete días, cambiará la vida de sus protagonistas.
Julia, monitora de ensayos clínicos, trabaja para una importante multinacional farmacéutica. Jaime, investigador privado, acaba de instalarse por su cuenta. Pero, tirando del hilo que a cada uno de ellos les ha tocado seguir, ambos terminan por cruzarse en Barcelona, donde sus historias se enredan formando una macabra madeja que tendrán que deshacer.
Ermesinda, la leyenda blanca
Portada
Diana Cazadora con arco y flechas
Autor desconocido (siglo 1)

Diana, diosa de la caza, hija de Júpiter y de Latona, hermana de Minerva y gemela de Aplolo, está intimamente relacionada con los animales y las tierras salvajes. Pero también lo está con el agua y con los bosques, a través de su vínculo con Egeria, la ninfa acuática, y con Virbio, dios de los bosques. Por eso, los robledos le estan especialmente consagrados. Ademas es alavada por su fuerza, gracia atlética, belleza y habilidades en la caza. Junto con su hermana Minerva, obtuvo de su padre la gracia de la eterna virginidad, por lo que se las denominó "virgenes blancas".
Todas estas cualidades hacen que Diana nos recuerde mucho a Ermesinda, la princesa guerrera de esta historia. Y por eso la elegí para prestarle su imagen, algo enigmática, algo delicada, pero que oculta una verdadera heroína.
Resumen
Hubo una época oscura en la que se fraguó nuestro destino, un pasado remoto y sumido en las tinieblas del olvido. Mucho tiempo después, alguien decidió escribir nuestra historia. Reyes, relatos y batallas quedaron alineados en perfecto orden. ¡Incontestable es la suprema certeza de los sabios!
¿Pero quién, en la distancia del tiempo, podría trazar con seguridad la tenue línea que separa la leyenda de la evidencia? Realidad y ficción se entremezclan a menudo en íntimo abrazo, confundiendo la memoria de las voces que nos cuentan el pasado.
Por eso, a veces, son los relatos anónimos, ecos lejanos de rumores antiguos, los que hacen salir directamente de nuestra historia a unos personajes que, inconformistas, vienen a contarnos… otra versión de los hechos: quizás la suya propia.
Te lo cuentan al oído, muy bajito, como quién comparte un tesoro robado, quizás… de un sueño.
Y mediante ese entramado onírico, a través del furtivo encuentro con nuestros ancestros, la historia convertida en leyenda, y la leyenda en historia, nos ofrece una oportunidad para vivir una fantasía y reinventar nuestro destino.
Pero no dejes que nadie confunda tus sentidos. Aunque los historiadores no den crédito de lo que te voy a contar, habrá un trocito de tu corazón, aquel en el que mora el filósofo que todos llevamos dentro, que sabrá identificar el mensaje de la Princesa Blanca.
Diana Cazadora con arco y flechas
Autor desconocido (siglo 1)

Diana, diosa de la caza, hija de Júpiter y de Latona, hermana de Minerva y gemela de Aplolo, está intimamente relacionada con los animales y las tierras salvajes. Pero también lo está con el agua y con los bosques, a través de su vínculo con Egeria, la ninfa acuática, y con Virbio, dios de los bosques. Por eso, los robledos le estan especialmente consagrados. Ademas es alavada por su fuerza, gracia atlética, belleza y habilidades en la caza. Junto con su hermana Minerva, obtuvo de su padre la gracia de la eterna virginidad, por lo que se las denominó "virgenes blancas".
Todas estas cualidades hacen que Diana nos recuerde mucho a Ermesinda, la princesa guerrera de esta historia. Y por eso la elegí para prestarle su imagen, algo enigmática, algo delicada, pero que oculta una verdadera heroína.
Resumen
Hubo una época oscura en la que se fraguó nuestro destino, un pasado remoto y sumido en las tinieblas del olvido. Mucho tiempo después, alguien decidió escribir nuestra historia. Reyes, relatos y batallas quedaron alineados en perfecto orden. ¡Incontestable es la suprema certeza de los sabios!
¿Pero quién, en la distancia del tiempo, podría trazar con seguridad la tenue línea que separa la leyenda de la evidencia? Realidad y ficción se entremezclan a menudo en íntimo abrazo, confundiendo la memoria de las voces que nos cuentan el pasado.
Por eso, a veces, son los relatos anónimos, ecos lejanos de rumores antiguos, los que hacen salir directamente de nuestra historia a unos personajes que, inconformistas, vienen a contarnos… otra versión de los hechos: quizás la suya propia.
Te lo cuentan al oído, muy bajito, como quién comparte un tesoro robado, quizás… de un sueño.
Y mediante ese entramado onírico, a través del furtivo encuentro con nuestros ancestros, la historia convertida en leyenda, y la leyenda en historia, nos ofrece una oportunidad para vivir una fantasía y reinventar nuestro destino.
Pero no dejes que nadie confunda tus sentidos. Aunque los historiadores no den crédito de lo que te voy a contar, habrá un trocito de tu corazón, aquel en el que mora el filósofo que todos llevamos dentro, que sabrá identificar el mensaje de la Princesa Blanca.
Etiquetas:
Ermesinda la leyenda blanca,
Novela histórica,
Novela Medieval
Bitácora de Mar Cantero
Si he de ser sincera, empezaré por confesar que Mar Cantero no es mi verdadero nombre sino un seudónimo que he colocado delante de mi persona, como una especie de cortina de humo, para velar mí autentica identidad. Lo decidí cuando empecé a escribir, para proteger mi vida laboral de cualquier tipo de interferencia que pudiera generar mi afición literaria. De esta forma puedo guardar un cierto anonimato, lo cual me facilita un mayor grado de libertad en mi actividad creativa.
Pero un seudónimo no se elige al azar. No en balde es el nombre por el que uno decide ser reconocido por sus congéneres. Yo opté por el mío por dos razones: la primera, porque Cantero hubiera sido mi apellido si este mundo no lo hubiese diseñado un dios sino una diosa, y la segunda, porque adoro el Mar y cada una de las posibilidades que nos ofrece. Navegar a vela, bucear, nadar, respirar su brisa, o simplemente contemplarlo, son actividades a las que uno podría dedicar la vida entera.
Y tras esta justificación de mi nombre, lo lógico es presentar a su portadora. Nada muy especial, sólo una cincuentona más, pero con muchos pájaros en la cabeza y con la suficiente curiosidad como para lanzarme a explorar el ciberespacio.
Mi formación académica es eminentemente científica.
Soy licenciada en Ciencias Biológicas, y en Medicina y Cirugía. De ahí mi mente analítica y habituada al método científico. Por eso soy como Santo Tomás, aunque ni me llamo Tomás, ni tampoco soy santa; pero en mi cabeza, como en la suya, no tiene cabida el verbo creer: “Si no lo veo no lo creo”. Y así es en mi caso: o sé algo, o no lo sé; y en todo caso, cuando carezco de datos fiables: opino. Pero nunca “creo” en esto o en aquello. Por tanto, no creo en los ovnis, ni en la existencia de Dios, pero tampoco creo que no existan. Y como lo que yo opine en cualquiera de estas y otras materias no tiene la más mínima importancia, pues me abstengo de opinar. Resumiendo: soy agnóstica y lo suficientemente humilde como para darme cuenta de que la existencia de Dios, o de los ovnis, no peligra por lo que yo opine.
Mi profesión, la que me da de comer:
Mis inicios fueron precarios. Y me río yo del empleo precario del que tanto nos quejamos en la actualidad. Entonces 20.000 médicos en el paro presentándonos cada año al examen de MIR para 2.000 plazas, era algo realmente descorazonador. En mi caso agravado por la edad, yo ya tenía 27 años cuando acabé medicina. En este punto quiero matizar que la de medicina era mi segunda carrera, y de las posibilidades de trabajo con la primera, Biológicas, ni hablamos. Además tenía ya dos retoños, maravillosos por cierto, pero comían y cagaban que daba gusto. Así es que opté por las suplencias en el seguro (medicina general y pediatría) y alguna interinidad en urgencias, para pagar los pañales, claro.
Luego intenté entrar en la Universidad. En realidad acudí al Departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Alcalá de Henares sólo para que me firmasen la autorización para hacer un curso de doctorado. Allí me recibió el señor Director del Departamento en persona, y me propuso entrar en su laboratorio para hacer una tesis doctoral. El departamento estaba muy interesado en incorporar médicos y, además, con mi expediente académico podría optar a una beca del Ministerio de Educación. Yo tenía una media de 2,5 en la carrera de medicina, además de mi segunda licenciatura que venía al pelo en ese departamento. En cuanto a la nota, dejadme explicaros que un 2,5 no se calcula sobre 10, sino que un 1 es un aprobado, un 2 un notable, un 3 un sobresaliente y un 4 una matrícula de honor. Es decir, la media de mi carrera estaba en un punto equidistante del notable y el sobresaliente. Para el señor Director, eso era suficiente para garantizar la beca. Sobra decir que se me infló el ego, me lié la manta a la cabeza y entré en el departamento. Compatibilizaba mi asistencia a la Universidad, donde no cobraba un duro pero si se me recriminaba por salir a las cuatro para ir a buscar a mis hijos en la guardería, con mi trabajo en urgencias por la noche, donde si se me pagaba pero no dormía. Lo hacía, dormir, un día si y otro no. Cuando llegó el momento de solicitar la beca, ¿a que no sabéis qué pasó? Pues que no pude pedirla, ¿y sabéis por qué? Porque tenía 30 años. ¿Habéis visto limitación más estúpida? Yo diría incluso que anticonstitucional. Y para mayor oprobio los cumplía el mismo día que se convocó la beca. Podéis imaginar la cara de estúpida que se me quedó cuando me presenté con mi tarta y mis velas, y el señor Director me dijo: ¡Ahí va! Pues no vas a poder pedir la beca. A pesar de todo, me quedé. ¿Se puede ser más idiota? Si hubiera dedicado todo ese tiempo a estudiar para el MIR, seguro que me habría ido mucho mejor en la vida. El resto del tiempo (repito, 3 años), los pasé matando ratas con una guillotina (ahí es na), tras haberles hecho las pifias mas intranscendentales, para ver como los receptores de somatostatína de las células de distintas zonas del cerebro se modificaban. Luego, tras ajustar a la realidad, es decir limpiar los datos hasta que salieran como correspondía, se procedía a publicarlos en las revistas más prestigiosas. A los tres años, sin saber aún de qué iba mi tesis, y tras haber sido vilmente engañada en otras varias ocasiones (al menos dos) con maravillosas ofertas de posibles trabajo, deje aquella jaula de grillos y pasé a engrosar las filas de médicos al servicio de la Industria Farmacéutica. Pero dejadme que vuelva a lo de los engaños porque al menos uno de ellos merece especial mención. Se trataba de crear un departamento en la Universidad para relaciones con empresas privadas. No estoy segura de si se trataba del actual COIE, pero creo que si. La cuestión es que me habló, nuevamente el señor Director, de un puesto en proceso de selección y fui a una entrevista. Uno de los requisitos era el manejo de idiomas. Yo, en aquel momento hablaba francés y algo de inglés. Me hicieron la entrevista en un pupurri que consistía en una mezcla simultánea de los dos idiomas. Si yo pregunto en francés me contestas en francés y si lo hago en inglés, pues respondes en inglés, me dijeron. En fin, os aseguro que fue un caos de entrevista. Pero aunque me quedé con la idea de que aquello no parecía muy propio, no me pareció anormal que me excluyesen. Eso si, aun recuerdo la llorera que me agarré, y la sensación de fracaso y de no servir para nada. Pero el tiempo pasó, deje la Universidad y no volví a acordarme de aquello hasta qué un día, bastantes años después, me enteré por alguien que estuvo en aquel proceso, de que mientras yo me batía el cobre con el inglés y el francés en mi reunión surrealista, el personal seleccionado para el puesto estaba ya haciendo el curso de formación (en El Escorial, para más datos). Resultó ser que habían nombrado a la gente a dedo y se habían saltado el pequeño trámite de la convocatoria pública. Lo más doloroso para mí fue qué la misma persona que me atrajo al departamento con la zanahoria de la beca del Ministerio, que no movió después un dedo para mejorar mi precaria situación, fue también la que me habló de ese nuevo puesto dorándome la píldora y creando en mí falsas esperanzas, y me jugaría el pescuezo a que sabía que todo aquello era un paripé; igual que sabía lo importante que hubiese sido para mi aquel trabajo. Me utilizaron para revestir de legalidad algo que se habían repartido por debajo de la mesa, y yo lo único que saque fue la firme convicción de ser una inútil y una fracasada. Ahora se que lo mejor que pudo pasarme en aquel sitio fue que no me quisiesen.
Pasé entonces, como ya he dicho, a la Industria Farmacéutica. Me dediqué durante quince años a hacer ensayos clínicos, o lo que es lo mismo investigación clínica, o sea, estudios en humanos. Primero, como monitora de ensayos clínicos, me encargaba de supervisar varios estudios. Mi trabajo consistía en visitar a los médicos de los hospitales y controlar los datos que recogían en unos cuadernos que nosotros les dábamos. Una especie de control de calidad de su trabajo, que no siempre se tomaban a bien. Por otro lado, teníamos que verificar que se cumpliesen todos los requisitos legales, que en este campo no son pocos. Después pasé, progresivamente, a diseñar y redactar los protocolos de los estudios, a liderar un equipo de monitores, y a dirigir un Departamento. Mi último puesto fue el de Directora Médica, aunque así, en femenino, suena fatal. Es cierto que en ingles sonaba mucho mejor: Senior Director Clinical Research for Europe, pero la coletilla de Europe llevaba acarreado el pequeño inconveniente de los viajes semanales, las international meetings, las conference calls, y por supuesto, la inferioridad de condiciones con la que una debe brear cuando no es english native, empeorando las cosas el hecho de ser española, y siendo ya la repanocha si además eres mujer. El caso es que durante más de diez años me he dedicado a la gestión, el liderazgo, el management… hasta que me harte del ambientazo y decidí, más que virar por popa despacito y controlando, directamente trasluchar, lanzarme al vacío y abandonar el barco mientras este se dirigía directo hacia la tormenta perfecta.
Del tiempo en la Industria guardo más malos recuerdos que buenos. ¿Quién no ha tenido un jefe tóxico? Hoy se llaman tóxicos, el mío era tan sólo un inútil, como tantos otros. Aunque, como también suele suceder en estos casos, uno nunca llega a saber si era idiota de verdad o se lo hacía. Fue entonces cuando leí “El Principio de Peter”, y tengo que confesar que compre un ejemplar adicional para regalárselo. Incluso recuerdo que pedí en la tienda que me lo envolvieran, y metí el paquete en una bolsa con cuidado de no tocarlo, por lo de las huellas dactilares, pero al final no me atreví a dejarlo en su mesa como planeaba y se lo regalé a alguien neutro, no recuerdo a quién. Pero no os creáis que pudo conmigo. Después de pasar varios años sentada a la puerta de mi casa, la verdad es que no recuerdo cuantos pero seguro que fueron más de cuatro, por fin me di el gustazo de ver el cadáver de mi enemigo pasar. Primero fui testigo privilegiada de cómo su jefe le echaba la bronca más descomunal que recuerdo en toda mi vida y me daba a mi la razón y el derecho a chivarme si se repetían sus atropellos, luego el echado fue él y yo la ascendida a su puesto. La constancia, el trabajo bien hecho, etcétera, siempre tienen su premio, pensé entonces. ¡Ja! ¡Qué ingenua era! A los pocos meses la compañía fue absorbida por otra y mi puesto desapareció bajo las axilas de… ¿otro Peter? No me quedé para comprobarlo.
Llegué así a mi último trabajo: una CRO. Son las siglas de Contract Research Organisation, es decir, una empresa que realiza ensayos clínicos por contrato. Me costó un tiempo adaptarme al cambio de entorno. Hay que darse cuenta de que trabajar por contrato implica seguir las directrices del cliente, la Industria Farmacéutica, y uno no siempre puede estar de acuerdo con la metodología de algunos clientes. A veces, incluso, utilizan a la CRO para hacer aquello que no quieren que lleve su firma. Por ejemplo: bases de datos que incumplen la ley de protección de datos para tener así acceso a información sensible para el paciente y útil para sus departamentos de Marketing, incumplimiento de las normas internacionales para el manejo de los datos de los estudios a fin de aligerar procesos, o de mejorar resultados. En definitiva, si uno quiere trabajar por contrato y no convertirse en un delincuente, tiene que tener muy claros cuales son los límites que establecen la ley y la ética, aunque esto suponga perder un contrato o un cliente de vez en cuando. Creo que en la empresa a la que yo pertenecía conseguimos ajustarnos bastante a esta premisa, al menos ese era mi objetivo y el de mi jefe. ¿O es que alguien piensa que cuando se habla de jefes solo los hay malos? Yo he tenido, más o menos, la mitad de cada; y el último en concreto era cojonudo, aunque algunos no supiesen valorarlo. Pero eso es otra cosa: también hay subordinados tóxicos, de esos que sólo saben quejarse y criticar, pero que, ante un jefe que espera una cierta iniciativa, no son capaces de aportar nada más que su eterna y corrosiva lamentación.
Sea como fuese, llegó un momento en que el barco iba directo a los arrecifes: esas eran las órdenes que recibimos del almirantazgo. Aún con un buen capitán al mando, la ostia era segura. La rompiente se veía justo en la proa y las rocas velaban peligrosamente. Los gritos del capitán, a la radio, dirigidos al admirante, eran ensordecedores. Y cómo segundo de a bordo, yo intentaba dar las ordenes a la tripulación mientras, a la vez, chillaba también a la radio uniendo mi voz a la de mi jefe (digo, capitán) para que el headquarter (digo, la admiranta) entrase en razón y nos dejase cambiar el rumbo. Mientras, la tripulación, seguía llorando. Mientras lascaban escotas y arriaban un cuarto la mayor para echar el segundo rizo, no paraban de quejarse de la aspereza de los cabos y de la humedad de la cubierta que les hacía resbalar.
Llegó un momento, y fue bastante repentino, en que me di cuenta de que me importaba un carajo aquel navío. Incluso la tripulación dejó de interesarme. Al fin y al cabo, parecía que las rocas no estuviesen allí, o puede que no quisieran verlas porque si les decías: preparados para nadar que esto se va a pique, te respondían: no me estreses que ya bastante tengo yo con la escota, que parece de esparto y tiene unas pitas que se me están clavando en la mano. Yo miraba para adelante y seguía viendo la rompiente cada vez más cerca. Decidí que allá cada uno, y con todo el dolor del corazón de dejar al jefe al timón, cogí un aro salvavidas y salté al agua.
Esta vez dejé la empresa antes de que sucediera otra hecatombe. La verdad es que me siento un poco traidora, pero si algo he aprendido después de dejarme el pellejo por una y otra empresa, es que no vale la pena el esfuerzo.
Volví a mi época de estudiante, me encerré durante un par de años en mi habitación y conseguí aprobar la oposición de Médico Forense.
Ahora me dispongo a iniciar una nueva etapa como Medico Forense. Y aunque no tengo el broceado integral del doctor Sheldon (CSI New Cork), ni la barba o la cojera del doctor Albert Robbins (CSI Las Vegas), y tampoco, por supuesto, tengo la delantera de Alex (CSI Miami), todavía me quedan al menos otros quince años por delante para que los muertos me lleven al nivel de hartazgo al que me empujaron los vivos.
Mi segunda profesión es la escritura.
Mi amor por la escritura nació mientras trabajaba para la Industria Farmacéutica: siempre era muy minuciosa en la redacción de informes, me encantaba preparar de sesiones de formación, y lo que más disfrutaba era las cartas que siempre tenían su puntito de poner verde a alguien, pero con mucha diplomacia y bastante ironía.
Pero no fue hasta diciembre de 2000 que me senté frente a un ordenador por simple placer. Empecé una novela, pero no podía predecir lo que aquella experiencia iba a suponer para mí. Me preguntaba si sería capaz de inventar una historia y escribirla de una forma coherente, que pudiese ser comprendida por terceros. Además creía que era muy importante no escribirla para mí, sino pensar en entretener y divertir a quien la leyese.
Se produjo la magia, esa que describen todos los escritores. Comencé a pasar horas encerrada en mi habitación. Obviamente los fines de semana y vacaciones, ya que el resto del tiempo trabajaba. Pero esas horas eran las más felices de mi vida. Se me olvidaba comer, dormir, ir al baño, y cuando salía de mi encierro, solo pensaba en volver a él. En el coche, mientras conducía sola hacia el trabajo, las palabras seguían fluyendo de mi mente construyendo historias que se perderían en el aire, y esto me angustiaba. Intentaba retenerlas y luego repetirlas en mi ordenador, pero cuando mis dedos comenzaban a teclear, otras historias salían y estragaban a las anteriores. Los personajes, ellos y no yo, eran quienes dictaban libremente lo que hacer, y mis dedos se limitaban a plasmarlo en el blanco vacío de la pantalla. Los capítulos de mi novela se seguían los unos a los otros, y los sucesos me sorprendían a mí tanto como lo hubieran hecho con un lector ajeno al proceso. Confieso que en algún momento lo que se estaba gestando en la pantalla no era lo que yo hubiera deseado escribir, pero sin embargo, era lo que, sin yo quererlo, estaba sucediendo. Los personajes estaban vivos y bastaba con escucharles para que el milagro sucediese. Así de maravillosa es la escritura. Se puede afirmar que es una de las drogas más potentes que uno pueda imaginar. El problema es que, como todas las drogas, genera dependencia y tolerancia.
La primera versión estuvo terminada en diciembre de 2001, aunque no la publiqué hasta abril de 2006, después de haber dejado la Industria Farmacéutica para siempre. Porqué va de eso, de la Industria Farmacéutica y de los ensayos clínicos, temas que conozco muy bien y que dan para mucho. Se trata de una historia ficticia, pero con retazos de la realidad más pura de este mundillo, y en definitiva, de mi paso por él. También es una historia de suspense, con su miajita de amor y todo. Los que la han leído dicen que es trepidante y que engancha. Después de barajar varios títulos me decidí por “Primum, non nocere” en honor del principal precepto del juramento hipocrático, porque también trata temas de ética.
Nada más terminar la primera novela, empecé con la segunda, que fue publicada en abril de 2004, antes que la primera. En este caso se trata de una novela histórica, de tinte medieval titulada “Ermesinda, la leyenda blanca”. Es una novela, a mi modo de ver, con mucha magia y ternura, pero también contiene acción y reflexión. Son muchas las personas que me han comunicado haberla disfrutado de verdad. Pero también son muchas las que me dicen que es difícil encontrarla.
Ambas novelas fueron editadas por Ediciones Libertarias, pero ya se sabe, las tiradas pequeñas en editoriales pequeñas llevan aparejada una deficiente distribución y nula publicidad. No me importa, porque no pretendo grandes ventas, ni vivir de esto. Lo que en realidad me importa es que la poca gente que las lea, lo disfrute. Y por el momento me siento satisfecha, porque esa parece ser la regla.
Aunque es difícil encontrar mis libros en las librerías, es muy fácil comprarlos a través de internet. Pero por favor. Si lo hicieses, me gustaría un montón que me enviaseis un comentario.
Pero un seudónimo no se elige al azar. No en balde es el nombre por el que uno decide ser reconocido por sus congéneres. Yo opté por el mío por dos razones: la primera, porque Cantero hubiera sido mi apellido si este mundo no lo hubiese diseñado un dios sino una diosa, y la segunda, porque adoro el Mar y cada una de las posibilidades que nos ofrece. Navegar a vela, bucear, nadar, respirar su brisa, o simplemente contemplarlo, son actividades a las que uno podría dedicar la vida entera.
Y tras esta justificación de mi nombre, lo lógico es presentar a su portadora. Nada muy especial, sólo una cincuentona más, pero con muchos pájaros en la cabeza y con la suficiente curiosidad como para lanzarme a explorar el ciberespacio.
Mi formación académica es eminentemente científica.
Soy licenciada en Ciencias Biológicas, y en Medicina y Cirugía. De ahí mi mente analítica y habituada al método científico. Por eso soy como Santo Tomás, aunque ni me llamo Tomás, ni tampoco soy santa; pero en mi cabeza, como en la suya, no tiene cabida el verbo creer: “Si no lo veo no lo creo”. Y así es en mi caso: o sé algo, o no lo sé; y en todo caso, cuando carezco de datos fiables: opino. Pero nunca “creo” en esto o en aquello. Por tanto, no creo en los ovnis, ni en la existencia de Dios, pero tampoco creo que no existan. Y como lo que yo opine en cualquiera de estas y otras materias no tiene la más mínima importancia, pues me abstengo de opinar. Resumiendo: soy agnóstica y lo suficientemente humilde como para darme cuenta de que la existencia de Dios, o de los ovnis, no peligra por lo que yo opine.
Mi profesión, la que me da de comer:
Mis inicios fueron precarios. Y me río yo del empleo precario del que tanto nos quejamos en la actualidad. Entonces 20.000 médicos en el paro presentándonos cada año al examen de MIR para 2.000 plazas, era algo realmente descorazonador. En mi caso agravado por la edad, yo ya tenía 27 años cuando acabé medicina. En este punto quiero matizar que la de medicina era mi segunda carrera, y de las posibilidades de trabajo con la primera, Biológicas, ni hablamos. Además tenía ya dos retoños, maravillosos por cierto, pero comían y cagaban que daba gusto. Así es que opté por las suplencias en el seguro (medicina general y pediatría) y alguna interinidad en urgencias, para pagar los pañales, claro.
Luego intenté entrar en la Universidad. En realidad acudí al Departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Alcalá de Henares sólo para que me firmasen la autorización para hacer un curso de doctorado. Allí me recibió el señor Director del Departamento en persona, y me propuso entrar en su laboratorio para hacer una tesis doctoral. El departamento estaba muy interesado en incorporar médicos y, además, con mi expediente académico podría optar a una beca del Ministerio de Educación. Yo tenía una media de 2,5 en la carrera de medicina, además de mi segunda licenciatura que venía al pelo en ese departamento. En cuanto a la nota, dejadme explicaros que un 2,5 no se calcula sobre 10, sino que un 1 es un aprobado, un 2 un notable, un 3 un sobresaliente y un 4 una matrícula de honor. Es decir, la media de mi carrera estaba en un punto equidistante del notable y el sobresaliente. Para el señor Director, eso era suficiente para garantizar la beca. Sobra decir que se me infló el ego, me lié la manta a la cabeza y entré en el departamento. Compatibilizaba mi asistencia a la Universidad, donde no cobraba un duro pero si se me recriminaba por salir a las cuatro para ir a buscar a mis hijos en la guardería, con mi trabajo en urgencias por la noche, donde si se me pagaba pero no dormía. Lo hacía, dormir, un día si y otro no. Cuando llegó el momento de solicitar la beca, ¿a que no sabéis qué pasó? Pues que no pude pedirla, ¿y sabéis por qué? Porque tenía 30 años. ¿Habéis visto limitación más estúpida? Yo diría incluso que anticonstitucional. Y para mayor oprobio los cumplía el mismo día que se convocó la beca. Podéis imaginar la cara de estúpida que se me quedó cuando me presenté con mi tarta y mis velas, y el señor Director me dijo: ¡Ahí va! Pues no vas a poder pedir la beca. A pesar de todo, me quedé. ¿Se puede ser más idiota? Si hubiera dedicado todo ese tiempo a estudiar para el MIR, seguro que me habría ido mucho mejor en la vida. El resto del tiempo (repito, 3 años), los pasé matando ratas con una guillotina (ahí es na), tras haberles hecho las pifias mas intranscendentales, para ver como los receptores de somatostatína de las células de distintas zonas del cerebro se modificaban. Luego, tras ajustar a la realidad, es decir limpiar los datos hasta que salieran como correspondía, se procedía a publicarlos en las revistas más prestigiosas. A los tres años, sin saber aún de qué iba mi tesis, y tras haber sido vilmente engañada en otras varias ocasiones (al menos dos) con maravillosas ofertas de posibles trabajo, deje aquella jaula de grillos y pasé a engrosar las filas de médicos al servicio de la Industria Farmacéutica. Pero dejadme que vuelva a lo de los engaños porque al menos uno de ellos merece especial mención. Se trataba de crear un departamento en la Universidad para relaciones con empresas privadas. No estoy segura de si se trataba del actual COIE, pero creo que si. La cuestión es que me habló, nuevamente el señor Director, de un puesto en proceso de selección y fui a una entrevista. Uno de los requisitos era el manejo de idiomas. Yo, en aquel momento hablaba francés y algo de inglés. Me hicieron la entrevista en un pupurri que consistía en una mezcla simultánea de los dos idiomas. Si yo pregunto en francés me contestas en francés y si lo hago en inglés, pues respondes en inglés, me dijeron. En fin, os aseguro que fue un caos de entrevista. Pero aunque me quedé con la idea de que aquello no parecía muy propio, no me pareció anormal que me excluyesen. Eso si, aun recuerdo la llorera que me agarré, y la sensación de fracaso y de no servir para nada. Pero el tiempo pasó, deje la Universidad y no volví a acordarme de aquello hasta qué un día, bastantes años después, me enteré por alguien que estuvo en aquel proceso, de que mientras yo me batía el cobre con el inglés y el francés en mi reunión surrealista, el personal seleccionado para el puesto estaba ya haciendo el curso de formación (en El Escorial, para más datos). Resultó ser que habían nombrado a la gente a dedo y se habían saltado el pequeño trámite de la convocatoria pública. Lo más doloroso para mí fue qué la misma persona que me atrajo al departamento con la zanahoria de la beca del Ministerio, que no movió después un dedo para mejorar mi precaria situación, fue también la que me habló de ese nuevo puesto dorándome la píldora y creando en mí falsas esperanzas, y me jugaría el pescuezo a que sabía que todo aquello era un paripé; igual que sabía lo importante que hubiese sido para mi aquel trabajo. Me utilizaron para revestir de legalidad algo que se habían repartido por debajo de la mesa, y yo lo único que saque fue la firme convicción de ser una inútil y una fracasada. Ahora se que lo mejor que pudo pasarme en aquel sitio fue que no me quisiesen.
Pasé entonces, como ya he dicho, a la Industria Farmacéutica. Me dediqué durante quince años a hacer ensayos clínicos, o lo que es lo mismo investigación clínica, o sea, estudios en humanos. Primero, como monitora de ensayos clínicos, me encargaba de supervisar varios estudios. Mi trabajo consistía en visitar a los médicos de los hospitales y controlar los datos que recogían en unos cuadernos que nosotros les dábamos. Una especie de control de calidad de su trabajo, que no siempre se tomaban a bien. Por otro lado, teníamos que verificar que se cumpliesen todos los requisitos legales, que en este campo no son pocos. Después pasé, progresivamente, a diseñar y redactar los protocolos de los estudios, a liderar un equipo de monitores, y a dirigir un Departamento. Mi último puesto fue el de Directora Médica, aunque así, en femenino, suena fatal. Es cierto que en ingles sonaba mucho mejor: Senior Director Clinical Research for Europe, pero la coletilla de Europe llevaba acarreado el pequeño inconveniente de los viajes semanales, las international meetings, las conference calls, y por supuesto, la inferioridad de condiciones con la que una debe brear cuando no es english native, empeorando las cosas el hecho de ser española, y siendo ya la repanocha si además eres mujer. El caso es que durante más de diez años me he dedicado a la gestión, el liderazgo, el management… hasta que me harte del ambientazo y decidí, más que virar por popa despacito y controlando, directamente trasluchar, lanzarme al vacío y abandonar el barco mientras este se dirigía directo hacia la tormenta perfecta.
Del tiempo en la Industria guardo más malos recuerdos que buenos. ¿Quién no ha tenido un jefe tóxico? Hoy se llaman tóxicos, el mío era tan sólo un inútil, como tantos otros. Aunque, como también suele suceder en estos casos, uno nunca llega a saber si era idiota de verdad o se lo hacía. Fue entonces cuando leí “El Principio de Peter”, y tengo que confesar que compre un ejemplar adicional para regalárselo. Incluso recuerdo que pedí en la tienda que me lo envolvieran, y metí el paquete en una bolsa con cuidado de no tocarlo, por lo de las huellas dactilares, pero al final no me atreví a dejarlo en su mesa como planeaba y se lo regalé a alguien neutro, no recuerdo a quién. Pero no os creáis que pudo conmigo. Después de pasar varios años sentada a la puerta de mi casa, la verdad es que no recuerdo cuantos pero seguro que fueron más de cuatro, por fin me di el gustazo de ver el cadáver de mi enemigo pasar. Primero fui testigo privilegiada de cómo su jefe le echaba la bronca más descomunal que recuerdo en toda mi vida y me daba a mi la razón y el derecho a chivarme si se repetían sus atropellos, luego el echado fue él y yo la ascendida a su puesto. La constancia, el trabajo bien hecho, etcétera, siempre tienen su premio, pensé entonces. ¡Ja! ¡Qué ingenua era! A los pocos meses la compañía fue absorbida por otra y mi puesto desapareció bajo las axilas de… ¿otro Peter? No me quedé para comprobarlo.
Llegué así a mi último trabajo: una CRO. Son las siglas de Contract Research Organisation, es decir, una empresa que realiza ensayos clínicos por contrato. Me costó un tiempo adaptarme al cambio de entorno. Hay que darse cuenta de que trabajar por contrato implica seguir las directrices del cliente, la Industria Farmacéutica, y uno no siempre puede estar de acuerdo con la metodología de algunos clientes. A veces, incluso, utilizan a la CRO para hacer aquello que no quieren que lleve su firma. Por ejemplo: bases de datos que incumplen la ley de protección de datos para tener así acceso a información sensible para el paciente y útil para sus departamentos de Marketing, incumplimiento de las normas internacionales para el manejo de los datos de los estudios a fin de aligerar procesos, o de mejorar resultados. En definitiva, si uno quiere trabajar por contrato y no convertirse en un delincuente, tiene que tener muy claros cuales son los límites que establecen la ley y la ética, aunque esto suponga perder un contrato o un cliente de vez en cuando. Creo que en la empresa a la que yo pertenecía conseguimos ajustarnos bastante a esta premisa, al menos ese era mi objetivo y el de mi jefe. ¿O es que alguien piensa que cuando se habla de jefes solo los hay malos? Yo he tenido, más o menos, la mitad de cada; y el último en concreto era cojonudo, aunque algunos no supiesen valorarlo. Pero eso es otra cosa: también hay subordinados tóxicos, de esos que sólo saben quejarse y criticar, pero que, ante un jefe que espera una cierta iniciativa, no son capaces de aportar nada más que su eterna y corrosiva lamentación.
Sea como fuese, llegó un momento en que el barco iba directo a los arrecifes: esas eran las órdenes que recibimos del almirantazgo. Aún con un buen capitán al mando, la ostia era segura. La rompiente se veía justo en la proa y las rocas velaban peligrosamente. Los gritos del capitán, a la radio, dirigidos al admirante, eran ensordecedores. Y cómo segundo de a bordo, yo intentaba dar las ordenes a la tripulación mientras, a la vez, chillaba también a la radio uniendo mi voz a la de mi jefe (digo, capitán) para que el headquarter (digo, la admiranta) entrase en razón y nos dejase cambiar el rumbo. Mientras, la tripulación, seguía llorando. Mientras lascaban escotas y arriaban un cuarto la mayor para echar el segundo rizo, no paraban de quejarse de la aspereza de los cabos y de la humedad de la cubierta que les hacía resbalar.
Llegó un momento, y fue bastante repentino, en que me di cuenta de que me importaba un carajo aquel navío. Incluso la tripulación dejó de interesarme. Al fin y al cabo, parecía que las rocas no estuviesen allí, o puede que no quisieran verlas porque si les decías: preparados para nadar que esto se va a pique, te respondían: no me estreses que ya bastante tengo yo con la escota, que parece de esparto y tiene unas pitas que se me están clavando en la mano. Yo miraba para adelante y seguía viendo la rompiente cada vez más cerca. Decidí que allá cada uno, y con todo el dolor del corazón de dejar al jefe al timón, cogí un aro salvavidas y salté al agua.
Esta vez dejé la empresa antes de que sucediera otra hecatombe. La verdad es que me siento un poco traidora, pero si algo he aprendido después de dejarme el pellejo por una y otra empresa, es que no vale la pena el esfuerzo.
Volví a mi época de estudiante, me encerré durante un par de años en mi habitación y conseguí aprobar la oposición de Médico Forense.
Ahora me dispongo a iniciar una nueva etapa como Medico Forense. Y aunque no tengo el broceado integral del doctor Sheldon (CSI New Cork), ni la barba o la cojera del doctor Albert Robbins (CSI Las Vegas), y tampoco, por supuesto, tengo la delantera de Alex (CSI Miami), todavía me quedan al menos otros quince años por delante para que los muertos me lleven al nivel de hartazgo al que me empujaron los vivos.
Mi segunda profesión es la escritura.
Mi amor por la escritura nació mientras trabajaba para la Industria Farmacéutica: siempre era muy minuciosa en la redacción de informes, me encantaba preparar de sesiones de formación, y lo que más disfrutaba era las cartas que siempre tenían su puntito de poner verde a alguien, pero con mucha diplomacia y bastante ironía.
Pero no fue hasta diciembre de 2000 que me senté frente a un ordenador por simple placer. Empecé una novela, pero no podía predecir lo que aquella experiencia iba a suponer para mí. Me preguntaba si sería capaz de inventar una historia y escribirla de una forma coherente, que pudiese ser comprendida por terceros. Además creía que era muy importante no escribirla para mí, sino pensar en entretener y divertir a quien la leyese.
Se produjo la magia, esa que describen todos los escritores. Comencé a pasar horas encerrada en mi habitación. Obviamente los fines de semana y vacaciones, ya que el resto del tiempo trabajaba. Pero esas horas eran las más felices de mi vida. Se me olvidaba comer, dormir, ir al baño, y cuando salía de mi encierro, solo pensaba en volver a él. En el coche, mientras conducía sola hacia el trabajo, las palabras seguían fluyendo de mi mente construyendo historias que se perderían en el aire, y esto me angustiaba. Intentaba retenerlas y luego repetirlas en mi ordenador, pero cuando mis dedos comenzaban a teclear, otras historias salían y estragaban a las anteriores. Los personajes, ellos y no yo, eran quienes dictaban libremente lo que hacer, y mis dedos se limitaban a plasmarlo en el blanco vacío de la pantalla. Los capítulos de mi novela se seguían los unos a los otros, y los sucesos me sorprendían a mí tanto como lo hubieran hecho con un lector ajeno al proceso. Confieso que en algún momento lo que se estaba gestando en la pantalla no era lo que yo hubiera deseado escribir, pero sin embargo, era lo que, sin yo quererlo, estaba sucediendo. Los personajes estaban vivos y bastaba con escucharles para que el milagro sucediese. Así de maravillosa es la escritura. Se puede afirmar que es una de las drogas más potentes que uno pueda imaginar. El problema es que, como todas las drogas, genera dependencia y tolerancia.
La primera versión estuvo terminada en diciembre de 2001, aunque no la publiqué hasta abril de 2006, después de haber dejado la Industria Farmacéutica para siempre. Porqué va de eso, de la Industria Farmacéutica y de los ensayos clínicos, temas que conozco muy bien y que dan para mucho. Se trata de una historia ficticia, pero con retazos de la realidad más pura de este mundillo, y en definitiva, de mi paso por él. También es una historia de suspense, con su miajita de amor y todo. Los que la han leído dicen que es trepidante y que engancha. Después de barajar varios títulos me decidí por “Primum, non nocere” en honor del principal precepto del juramento hipocrático, porque también trata temas de ética.
Nada más terminar la primera novela, empecé con la segunda, que fue publicada en abril de 2004, antes que la primera. En este caso se trata de una novela histórica, de tinte medieval titulada “Ermesinda, la leyenda blanca”. Es una novela, a mi modo de ver, con mucha magia y ternura, pero también contiene acción y reflexión. Son muchas las personas que me han comunicado haberla disfrutado de verdad. Pero también son muchas las que me dicen que es difícil encontrarla.
Ambas novelas fueron editadas por Ediciones Libertarias, pero ya se sabe, las tiradas pequeñas en editoriales pequeñas llevan aparejada una deficiente distribución y nula publicidad. No me importa, porque no pretendo grandes ventas, ni vivir de esto. Lo que en realidad me importa es que la poca gente que las lea, lo disfrute. Y por el momento me siento satisfecha, porque esa parece ser la regla.
Aunque es difícil encontrar mis libros en las librerías, es muy fácil comprarlos a través de internet. Pero por favor. Si lo hicieses, me gustaría un montón que me enviaseis un comentario.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
